El cuento de la niña pobre

Érase una vez una niña pobre muy pobre que vivía con su madre tan pobre como su pobre hija. Vivían en una habitación de hojalata y cartones con derecho a camino. La niña iba al bosque a recoger leña, la vendía y el poco dinero que conseguía se lo entregaba a su madre la pobre.

Los sábados jugaba con sus amiguitas, también pobres, en el campo de la aldea. Al anochecer se iba a la cama sin cenar. Amanecía y era otra día. Los pájaros cantaban alegremente pero sólo hasta las diez de la mañana. Isidrito con las migas del desayuno sobre su pechera los corría a pedradas. Quedarse era un riesgo inútil.

La pobre niña barría la entrada de su casa. Miraba tristemente a los otros niños que se dirigían a la escuela. Le hubiera gustado aprender a escribir y después a leer para saber lo que había escrito. Pero no podía ser. Las lágrimas surcaban sus flácidas mejillas por donde corrían moscas y lagartijas. Después de hacer las tareas de la habitación se dirigía de nuevo al bosque saltando de roca en roca, de riachuelo en riachuelo, de pastor en pastor.  Al anochecer regresaba con la poca leña que había podido recoger.

Un día su pobre madre enfermó. Necesitaba dinero para cuidarla y pagar las medicinas. No tenían seguro médico. Habría que recoger mas leña. Ya en el bosque escuchó una musiquilla nada cargada de bombo, la típica anunciadora de la aparición de una hada madrina del bosque. La oronda y simpática hada, con una varita mágica en su mano gordezuela y además izquierda, le dijo a la niña que regresara a su casa. Rauda. Y desapareció.

La niña regresó a su casa.  El bufón del bosque había adornado el camino con guirnaldas, serpentinas y flores de plástico caras. Pero lo que se encontró fué un hermoso chalet de dos plantas y bajo cubierta. Los cartones y  la hojalata habían desparecído. Su madre se reía ante un televisor de plasma, como el de las cafeterías. Al lado de la piscina, llena de agua de toilette y con chorros intermitentes de perfume, estaban apilados muchos haces de madera de caoba.  Las sílfides entonaban una bella melodía sin partitura. La madre y la hija fueron felices. Muy felices.

El bebé arropó a sus papás que se habían dormido con el cuento y sigilosamente, cerrando la puerta de la habitación, se dirigió a la cocina para mojar el chupete en el aguerdiente de guindas hecho por el abuelo. Lo necesitaba.

 

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